Tiene la camisa y las manos manchadas de pintura, como tantas otras veces. Pero sabe que esta vez será la última.
Mira a su alrededor y observa los cuadros colgados, algunos inacabados —bien por falta de inspiración, bien por falta de ganas, qué más da ya—, la mayoría terminados, todos inexpresivos, sin ojos capaces de juzgarle. De hecho, los tres únicos cuadros con esa capacidad están guardados en el desván, pudriéndose entre ratas, arañas, ácaros y polvo. Pronto dejarán de atormentarle. Pronto todo dará igual. Mezcla la pintura en la paleta, con cuidado, y queda pensativo, absorto por un momento frente al lienzo en blanco. El retrato ha de ser perfecto, exactamente igual que las otras tres veces. Mira las tijeras y su propia foto colocadas encima de la mesa, y sonríe cansado.
La primera vez fue aquella muchacha de dieciséis años, cuando él todavía no conocía su don, pero sí su facilidad para retratar. Dibújame, le dijo ella después de darle el que fue su primer beso. Y la dibujó. Primero un boceto, con cuidado y esmero como solo un adolescente enamorado puede hacer: rostro, pelo, nariz, boca, y por último, los ojos, para a continuación repasar, borrar, redibujar, y finalmente darle color, en ése mismo orden, rostro, pelo, nariz, boca y ojos. Ella fue la primera, e inmediatamente supo que él había sido el culpable. La dejó allí, gritando y llorando, llorando y gritando, y se fue corriendo con ríos de sal abriéndose paso desde sus ojos hasta la comisura de sus labios algunas, continuando el camino hasta la barbilla otras, para terminar muriendo en su camiseta.
—Papá, mira lo que he hecho.
Hijo, tenemos que hablar; esto no es culpa tuya, sino mía. Y se fundieron en un abrazo, mientras por dentro empezó a odiarle. Es culpa tuya. Estoy maldito. Tu legado es una maldición.
Y tres días después, dibujó a su padre, con el mismo esmero, pero con distinta motivación. La rabia guió el pincel, la ira dio color al rostro, y el odio dibujó los ojos. Y consumó su venganza, para marcharse dejando a su padre allí en la casa. Cierra la puerta al salir, no quiero volver a saber nada más de ti. Tranquilo, jamás volverás a verme, dijo antes de marcharse, riéndose de su propia ocurrencia.
Se dedicó a vivir de lo que ganaba con sus retratos, siempre sin ojos, vacíos de toda emoción, hasta que poco a poco la fama empezó a llegar. Primero un pequeño hueco en una exposición de artistas amateurs, después una sala entera, para terminar con su propia exposición, y miles de entendidos estúpidos maravillados ante sus cuadros, la mayoría retratos sin ojos, carentes de expresión.
Vivía solo, recluido, viviendo con su maldición y su condena, huyendo como podía de críticos, periodistas, y curiosos, más interesados en su vida que en su obra. Y he aquí que vino el tercero, periodista imbécil pretencioso, con ambición de volar más alto que los demás. ¿No era bastante con criticar su obra y su mutismo frente a los medios? ¿No era suficiente con inventar rumores morbosos sobre él, incluso sobre su vida sexual? No. Tenía que llegar más lejos, y rebuscar en su pasado, remover la mierda hasta que el tufo ahogase a las mismas ratas, para hacer público que tenía un padre incapaz de valerse por sí mismo al que había abandonado y dejado en la estacada, que afortunadamente vivía con un familiar que era quien le sustentaba, para después continuar con la historia de su primera novia —aquella muchacha de dieciséis años—, y cómo fatalidades de la vida, estaba tan desvalida como su padre. Obviamente, dejó para el final la conclusión a la que había llegado acerca del más que posible trauma que le habían podido causar estos dos hechos y como por tanto y por ello, sus retratos siempre quedaban exentos de algún tipo de mirada, y es más, de incluso los ojos, dejando simplemente cuencas vacías, blancas como un lienzo y aterradoras como la soledad.
El pobre imbécil había hecho un buen trabajo, y su razonamiento era más que válido, pero estaba equivocado. Sus retratos no tenían ojos para proteger a los retratados. Pero vaya, si quería un retrato con ojos, tendría un retrato con ojos. No le fue difícil encontrar una foto de primer plano del periodista, para que el cuadro fuese lo más fidedigno posible. Sin errores. Dos días después se anunció el apagón repentino del periodista, su incapacidad para continuar escribiendo, y un mes después su fichaje por un programa de prensa rosa.
No quiere más. Sabe que ha llegado la hora. Coge su propia foto, y dibuja un primer boceto sobre el lienzo. Da dos pasos hacia atrás, se golpea con dos dedos en la cara, pensativo, avanza de nuevo, borra lo que no le ha gustado, y lo repasa. A continuación coge la paleta, y le da color, dejando los ojos, como siempre, para el final. Recula de nuevo dos pasos hacia atrás, y lo observa satisfecho. Se desnuda, mira de nuevo las tijeras con ansiedad y sudor, y se pone frente al espejo, observándose tal y como es, por última vez. Contempla su rostro, su pelo, su torso, su pene, sus piernas y sus pies. Cierra los ojos, coge aire y saca fuerzas de la ira hacia su padre, de la pena por la muchacha, de la rabia por el periodista, y del silencio de la soledad. Se acerca a la mesa.
Esta vez los ojos serán perfectos.
Deja el pincel sobre la mesa en el lugar que antes ocupaban las tijeras, coge su foto, y recorta primero un ojo, después otro. Unta de pegamento ambos, y pega primero el izquierdo sobre su auto-retrato. Siente un dolor agudo en su propio ojo, pero sigue adelante con el derecho. El dolor se hace más profundo, cierra los párpados con fuerza, comprime un grito de pánico, se echa las manos a la cara, trastabilla y cae hacia atrás, tirando la mesa, las tijeras, la paleta, y su foto, ahora tan vacía como sus cuadros. Tan vacía cómo el.
El pintor se ha quedado ciego.
Me ha gustado la idea que trasciende el relato, la historia de un pintor atormentado por su don. Esa combinación entre maldición que situa al artista en la terrible elección entre su obra y su moral. Incluso el final estaba bien, en el sentido de sucumbir a su propio pecado, precisamente en la propia esencia que lo constituye, el sentido visual.
Sin embargo se me ha quedado corto el desarrollo, dado que en este tipo de relatos es fundamental, casi más que la historia, el adecuado reflejo de las emociones y pensamientos del protagonista, es decir, los aspectos intropectivos. Hacernos sentir y comprender el padecimiento interior que sufre. Y creo que llegamos a vislumbrarlo, pero no me ha conseguido atrapar tanto como la historia podría haber hecho.
Por otro lado el tema de las tijeras lo veo un poco cogido por los pelos, pero imagino que te paso como a mí con besos de metal, que el relato fue utilizado para cierto certamen que hubo por cierto sitio.
En todo caso, un buen relato que con un poco más de extensión podría haber quedado perfecto.
Sonrisas
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