01 Certamen «El ala del cuervo»: ¡¡SÓLO RELATOS!!

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torpeyvago
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Hola, compañeros.

En este hilo van a ir ¡¡SOLAMENTE LOS RELATOS!! que se escriban según las siguientes instrucciones:

  1. Entre 169 y 666 palabras.
  2. Cada autor tendrá tantas indicaciones como relatos haya solicitado.
  3. Cada una de las líneas se corresponde con un relato. No se pueden mezclar.
  4. Desde el 1 de febrero al 1 de marzo a las 0:00 UTC. O hasta que pueda ver el foro y abrir el hilo de opiniones.

Para observaciones:

http://www.ociozero.com/foro/41604/01-certamen-el-ala-del-cuervo-bases-dudas-inscripciones#new

Para consultas,

  • torpeyvago@gmail.com
  • @blancogasdelazuer Messenger del caralibro
  • @torpeyvago de la instantánea.

Los temas de los relatos son:

Si no se puede ver la imagen, haced clic con el botón derecho sobre ella y elegid, «Abrir en una pestaña nueva», o bien, si lo permite vuestro explorador, «Descargar». O pedidme aclaraciones en las direcciones que indico «Para observaciones» o «Para consultas».

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En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo perfectamente...

https://historiasmalditas.wordpress.com/

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Dr. Ziyo
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Me va a perdonar usted, don torpeyvago, pero soy incapaz de ver lo que pone ahí.

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Curro
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Borro el relato, que estoy trabajando en la versión extendida / montaje del director e igual me da por presentarlo a otro certamen :D

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Dr. Ziyo
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Saavu

 

Cuando aceptó aquel proyecto no imaginó que se vería en esas circunstancias, obligado a estar luchando por salvar su vida. Pero justo eso era lo que estaba ocurriendo.

***

Elías llevaba ocho años viviendo en Finlandia, desde que encontró trabajo como ingeniero ambiental en su actual empresa, y ahora el gobierno del país había proyectado construir una autopista cuyo trazado atravesaba de lleno grandes extensiones boscosas, para lo cual les habían encargado un estudio del área.

Su trabajo había consistido en desplazarse hasta la zona con un equipo, con la idea de examinar durante una semana el entorno y así estudiar in situ de qué manera el inevitable impacto medioambiental podría afectar al lugar. Después debían elaborar un informe con todos los datos recogidos y su análisis y, en base a ello, ofrecer una serie de propuestas para minimizar al máximo dicho impacto.

Sin embargo, nada más llegar a su destino comenzaron los imprevistos y los problemas. El helicóptero en el que viajaban estuvo a punto de estrellarse contra unos árboles al aterrizar debido a unas ráfagas de un viento que apareció de manera súbita, lo cual les provocó un gran susto y algunas contusiones. Al día siguiente, uno de sus compañeros se rompió una pierna en una caída absurda cuando se enganchó con la raíz de un abeto. Otro de ellos se perdió de manera incomprensible en el bosque y tardaron casi diez horas en localizarlo, medio congelado, aterrado y desorientado. Y para colmo, cuando regresaron de esa jornada de búsqueda, Mina, la chica que completaba el equipo, se vio obligada a quedarse postrada en su cama del hotel aquejada de una intensa fiebre que la hacía delirar.

Parecía que aquella expedición estaba gafada, y Elías recordó en esos momentos de adversidad los encuentros con los nativos sami del lugar y las palabras que les dijeron y que a ellos les sonaron a habladurías.

Y es que aquel rincón recóndito estaba salpicado de numerosos grupos tribales de pequeño tamaño que vivían en la región desde tiempos inmemoriales. Se trataba en la mayoría de los casos de gente amigable, muy respetuosa con la naturaleza, a la que consideraban su hogar, pero muy supersticiosa. Muchas de esas tribus contaban con hombres ancianos y sabios, auténticos chamanes, los cuales les advirtieron de que construir la autopista sería un error.

Saavu, el espíritu guardián de estos bosques, no lo permitirá —repetían una y otra vez cuando ellos les hacían partícipes de su propósito allí.

Elías y su equipo recibían la información con lógico escepticismo, sin que aquello variara un ápice los planes trazados. Sin embargo, el paso de los días y la acumulación de infortunios logró hacer mella en el ingeniero, que se llegó a plantear la veracidad de lo escuchado. Pero al final se impuso su lado racional; decidió seguir adelante con el proyecto en solitario y por eso volvió al lugar. El viento huracanado y súbito apareció de nuevo cuando estaban a punto de aterrizar en un claro del bosque; en esta ocasión no tuvieron tanta suerte y el helicóptero se estrelló. Él, malherido, pudo sobrevivir, aunque perdió todos sus enseres. El piloto murió en el acto.

***

Había anochecido. Sin modo alguno de comunicarse, extraviado en el bosque, sangrando y sin víveres, Elías lamentaba su decisión, pero ya era demasiado tarde. Reconocía su error al no haber creído las advertencias de los chamanes sami, porque ahora comprendía que se encontraba a merced de fuerzas desconocidas e inexplicables.

La luna llena se oscureció de pronto; las copas de los árboles se estremecieron y el roce de sus ramas sonó a sus oídos como lúgubres susurros; una corriente invisible de aire removió las hojas muertas caídas en el suelo.

Elías comprendió que algo venía a su encuentro.

Y supo que ese algo era Saavu.

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Dr. Ziyo
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Entrecruzamiento temporal fatídico

 

Siglo XIV antes de Cristo, las hordas hititas, al mando de su rey Tudhaliya II, continuaban su avance imparable, que las había llevado a conquistar más de media Europa hacia el noroeste desde su Turquía original. Sus tropas habían alcanzado incluso los países nórdicos y se adentraban ya en Dinamarca. El rey en persona iba en cabeza, flanqueado por su mano derecha, el poderoso hechicero Manakhera, cuyos temibles poderes se rumoreaba que procedían de pactos con fuerzas oscuras.

***

El capitán Bloyd y su tripulación caminaban por aquella costa desconocida después de que su barco, el ballenero Sweet Monday, hubiera embarrancado en la arena de manera inexplicable. Navegaban por un mar en calma, tras zarpar desde el puerto inglés de Plymouth, cuando a los pocos minutos se había creado ante ellos de forma repentina una niebla densa de color violáceo que los había envuelto por completo, dejándolos sin visibilidad, con la brújula enloquecida y la radio muda. Cuando la niebla se disipó, descubrieron con asombro que el Sweet Monday se había internado casi treinta metros en tierra firme sin que nadie hubiera notado la menor sacudida. El barco conservaba la verticalidad debido a que más de medio casco se hallaba enterrado en la arena. El capitán y sus hombres, resignados, descendieron a tierra ayudados de unas escalas tras cargar varios petates con algunas provisiones y comenzaron a caminar en busca de respuestas y de ayuda.

Ninguno de ellos reconocía la orografía del lugar, aunque tenían claro que aquello no era Inglaterra, sino tal vez algún país más al norte. Y mientras elucubraban sobre el asunto, contemplaron algo que se les antojó irreal. A lo lejos apareció un enorme contingente de hombres montados a caballo y armados con espadas y lanzas que se aproximaban al galope. Al frente de ellos, y subidos a una especie de carro ligero, iban dos hombres que desprendían autoridad; uno de ellos, vestido con una túnica granate cuya capucha le ocultaba el rostro y portaba una especie de cetro en su diestra, ofrecía un aspecto siniestro. Al ver aquel enjambre humano de aspecto hosco y obsoleto armamento y ropajes, Bloyd pensó que parecían salidos de otro tiempo, e incluso de otro lugar.

Al aproximarse más quedó patente que aquellos guerreros, pues eso eran en realidad, llevaban intenciones hostiles, y el miedo hizo su aparición de golpe. Ninguno de los tripulantes del Sweet Monday iba armado, aunque poco hubiera importado contra un ejército al que calcularon unos dos mil jinetes.

El grupo de marinos quedó petrificado, sin atreverse a mover un músculo. Cuando aquella caterva se encontraba a escasos metros se detuvo y el hombre de la túnica se dirigió a ellos en un idioma desconocido. Hablaba con evidente desprecio y, aunque no lo comprendían, el tono amenazador resultaba inequívoco. Bloyd se echó a temblar, como el resto, aunque no por aquellas palabras, sino porque los ojos del hombre encapuchado refulgieron como ascuas bajo su capucha.

Uno de sus hombres echó a correr presa del pánico. Y entonces todo se precipitó.

***

Manakhera contemplaba a aquellos extranjeros con cólera apenas contenida, pero cuando uno de ellos salió huyendo, no esperó siquiera a la orden de su rey y actuó por su cuenta. Lanzó una enfurecida imprecación al viento y el fugitivo cayó fulminado de golpe. Los demás, aterrados, se lanzaron a una carrera febril y enloquecida. El siniestro mago alzó su cetro al cielo y su voz atronó con un nuevo conjuro. El bastón refulgió como una estrella, él lo apuntó hacia el grupo que huía y de su extremo superior surgió un potente haz luminoso que los alcanzó de lleno y carbonizó sus cuerpos en el acto. Los guerreros hititas estallaron de júbilo y aclamaron a Tudhaliya II y su poderoso hechicero.

***

Los habitantes de Plymouth esperaron en vano durante meses el regreso del Sweet Monday y sus tripulantes, sin llegar a imaginar jamás que habían sido tragados por las arenas del tiempo.

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Dr. Ziyo
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Jungla maldita

 

Bowane se mostró reticente, pero el fajo de billetes que le mostraron era demasiado grueso para ignorarlo —tenía una familia numerosa que mantener— y al final accedió, aunque a regañadientes, a llevar a aquel grupo de adinerados empresarios norteamericanos a la selva. Su empleo como guía de caza en aquella parte de Ruanda no le permitía ganar lo suficiente, algo que tenía que lograr a base de «extras».

Muchas multinacionales habían puesto sus ojos en África y habían plantado allí sus factorías, sobre todo al inicio de esa década de los noventa. Ruanda no era una excepción en este sentido y albergaba varias de estas factorías recién creadas. Los ricos directivos de estas gigantescas empresas eran en su mayoría gente caprichosa que se dejaban caer por allí de vez en cuando y no estaban dispuestos a regresar a sus países sin algún trofeo de caza. Por eso lo contrataban a él.

El grupo partió de buena mañana hacia las extensas regiones selváticas con un objetivo en mente: cazar un ejemplar de gorila de montaña. Al llegar a la zona Bowane sintió un escalofrío; no le gustaba aquel lugar y por una importante razón: hacía dos años guiaba a un par de japoneses ricachones por la jungla cuando fueron atacados por un animal salvaje sin identificar. La bestia atacó primero a Bowane con un zarpazo por la espalda, haciendo que perdiera el sentido y dejándolo malherido. Después había matado a los dos nipones y devorado parte de sus cuerpos sin que sus armas hubieran servido para nada. Él pasó casi un mes en el hospital, pero sanó de sus heridas sin mayores consecuencias.

Sin embargo, varios meses antes de esa nueva expedición se había vuelto a repetir la misma situación. Caminaban por una zona cercana al lugar del primer ataque cuando Bowane sintió que algo se le echaba encima y perdió el conocimiento. Cuando despertó, ileso para su sorpresa, a su alrededor no había más que cadáveres y sangre. Tampoco en esta ocasión sus rifles les sirvieron de protección.

Regresó al presente, dejando atrás esos sangrientos sucesos y obligándose a pensar en el dinero que ganaba gracias a esos safaris y que le permitían mantener a su nutrida familia.

Y entonces la historia volvió a repetirse. Algo le atacó por la espalda; el impacto lo derribó y lo dejó inconsciente.

***

Los cuatro hombres que caminaban tras Bowane miraban la escena confundidos. El pequeño guía africano se había contorsionado como si acabara de ser derribado por un golpe desde atrás. Luego había quedado tumbado en el suelo durante unos breves segundos. De pronto, se había puesto en pie y había abierto los ojos. Eran dos bolas en blanco que destacaban en su negro rostro como dos pedazos de algodón caídos en un charco de petróleo.

Y entonces ocurrió algo espantoso que llenó a los norteamericanos de terror y los dejó paralizados. El pequeño ruandés comenzó a temblar de manera incontrolada y con los temblores su cuerpo iba siendo moldeado por una metamorfosis que lo transformaba en una criatura de aspecto monstruoso.

Uno de los cuatro rompió su parálisis y disparó su arma, pero estaba tan nervioso que el proyectil erró, aunque por poco. Aquello enfureció a la bestia/Bowane. Los asustados hombres salieron huyendo, disparando de manera descontrolada. Sin, embargo, era demasiado tarde. La muerte iba tras ellos.

La jungla entera pareció estremecerse con los alaridos de los americanos. Después, el silencio lo envolvió todo.

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