Traducción de un artículo que leí en la web de The Guardian hace algún tiempo:
http://www.guardian.co.uk/society/2011/jul/17/the-rape-of-men
Hemos debatido varias veces el tema de las violaciones de guerra en el foro, así que me pareció bastante interesante el asunto, además de que añade un punto de vista y nuevos datos bastante significativos. A quienes se manejen con el inglés les recomiendo que lean el artículo en su idioma original, aunque creo que la traducción me ha quedado más o menos apañada. Poneos cómodos porque es relativamente largo.
_____________________________________________________________________
La violación masculina.
La violencia sexual es una de las armas de guerra más horripilantes, un instrumento de terror empleado contra las mujeres. Pero una gran cantidad de hombres también son víctimas. En este informe terrible, Will Storr viaja a Uganda para encontrarse con supervivientes traumatizados, y revela cuán endémica es la violación de hombres en muchos de los conflictos del mundo.
Will Storr.
The Observer, domingo 17 de Julio de 2011.
Muerte por vergüenza: un congoleño, víctima de violación, actualmente residente en Uganda. La esposa de este hombre lo abandonó tras ser incapaz de aceptar lo sucedido. Él intentó suicidarse a finales del año pasado. Fotografía: Will Storr para The Observer.
De todos los secretos de la guerra, hay uno que está tan bien guardado que existe como poco más que un rumor. Habitualmente es negado tanto por el perpetrador como por la víctima. Gobiernos, agencias de ayuda y defensores de los derechos humanos en la ONU apenas reconocen la posibilidad de su existencia. Y sin embargo, de vez en cuando, alguien reúne el coraje para contarlo. Esto fue lo que ocurrió, en una tarde normal, en la oficina de una amable y cuidadosa abogada de Kampala, Uganda. Durante cuatro años, Eunice Owiny había trabajado en el Proyecto de Ley de Refugiados (Refugee Law Project – RLP) de la Universidad de Makerere para ayudar a gentes desplazadas de toda África a superar sus traumas. Este caso en particular, sin embargo, resultó todo un puzzle. Una clienta tenía dificultades matrimoniales. “Mi marido no puede tener sexo”, se quejaba. “Se siente muy mal con este tema. Estoy segura de que está ocultándome algo”.
Owiny invitó a pasar al marido. Durante un rato no llegaron a ninguna parte. Entonces, Owiny pidió a la mujer que se fuera. A continuación el hombre murmuró crípticamente: “Me pasó a mi”. Owiny frunció el ceño. El hombre buscó en su bolsillo y sacó una vieja toalla sanitaria. “Mamá Eunice”, dijo, “me duele. Tengo que usar esto”.
Tras depositar la compresa, cubierta de pus, sobre la mesa, reveló su secreto. Mientras escapaba de la guerra civil en el vecino Congo, se separó de su mujer y fue atrapado por rebeldes. Sus captores lo violaron, tres veces al día, todos los días durante tres años. Y no fue el único. Vio como un hombre detrás de otro era capturado y violado. Las heridas de uno de ellos eran tan graves que murió en su celda, delante de él.
“Aquello me resultó difícil de aceptar”, me cuenta hoy Owiny. “Hay ciertas cosas que simplemente no crees que puedan sucederle a un hombre, ¿entiendes? Pero ahora sé que la violencia sexual contra los hombres es un problema enorme. Todo el mundo ha escuchado las historias de las mujeres. Pero nadie ha oído las de los hombres”.
Este tipo de historias no sólo permanecen desoídas en África Oriental. Uno de los pocos académicos que se ha interesado en detalle por el asunto es Lara Stemple, del Proyecto de Salud y Derechos Humanos de la Universidad de California. Su estudio “Violación Masculina y Derechos Humanos” recoge incidentes de violencia sexual masculina como arma de guerra o de agresión política en países como Chile, Grecia, Croacia, Irán, Kuwait, la antigua Unión Soviética o la antigua Yugoslavia. El 21% de los hombres cingaleses que asistieron a un centro de tratamiento de torturas en Londres dijeron haber sufrido abusos sexuales al ser detenidos. En El Salvador, el 76% de los prisioneros políticos masculinos entrevistados en los años 80 describieron al menos un incidente de tortura sexual. Un estudio sobre 6000 presos en campos de concentración en Sarajevo descubrió que el 80% de los hombres denunciaron haber sido violados.
He venido a Kampala a escuchar las historias de los pocos hombres valientes que han accedido a hablar conmigo: una rara oportunidad para descubrir más cosas sobre este tema polémico y tan profundamente tabú. En Uganda, los supervivientes corren el riesgo de ser detenidos por la policía, muy dada a considerarlos homosexuales (un crimen en este país y en 38 de las 53 naciones africanas). Serán probablemente condenados al ostracismo por sus amigos, repudiados por sus familias y rechazados por la ONU y la miríada de ONGs internacionales equipadas, entrenadas y preparadas para ayudar a las mujeres. Están heridos, aislados y en peligro. Según palabras de Owiny, “son despreciados”.
Pero están dispuestos a hablar, gracias en buena medida al director británico del RLP, el Dr. Chris Dolan. Dolan oyó hablar por primera vez de violencia sexual en tiempo de guerra contra hombres a finales de los años 90, cuando hacía la investigación para su doctorado en el norte de Uganda, y tuvo la sensación de que el problema podría estar siendo dramáticamente subestimado. Dispuesto a alcanzar una mayor comprensión de su profundidad y naturaleza, colgó carteles en Kampala en Junio de 2009 anunciando un “seminario” sobre el tema. En el día señalado, aparecieron 150 hombres. En un arranque de sinceridad, uno de los asistentes lo admitió: “nos ha pasado a todos los que estamos aquí”. Pronto se dio a conocer entre los 200.000 refugiados de Uganda que el RLP estaba ayudando a hombres que habían sido violados durante el conflicto. Lentamente, más víctimas comenzaron a romper su silencio.
Me encuentro con Jean Paul en el caliente y polvoriento tejado del cuartel general del RLP en Vieja Kampala. Viste una camisa abotonada de color escarlata y mantiene una postura con el cuello encogido, los ojos mirando hacia el suelo, como pidiendo perdón por su impresionante altura. Tiene un labio superior prominente que tiembla constantemente – una condición nerviosa que le hace parecer como si estuviera al borde del llanto.
Jean Paul asistía a la universidad en el Congo, estudiando ingeniería electrónica, cuando su padre – un rico hombre de negocios – fue acusado por el ejército de ayudar al enemigo y asesinado a tiros. Jean Paul huyó en Enero de 2009, para a continuación ser secuestrado por rebeldes. Junto a otros seis hombres y seis mujeres, fue conducido a un bosque en el Parque Nacional de Virunga.
Ese mismo día, los rebeldes (y sus prisioneros) se encontraron con sus compañeros, que estaban acampados en el bosque. Pequeñas fogatas podían verse aquí y allá entre las sombreadas filas de árboles. Mientras las mujeres fueron enviadas a preparar comida y café, doce guerrilleros armados rodearon a los hombres. Desde el suelo, Jean Paul, levantó la mirada para ver al comandante inclinado sobre él. Cincuentón, estaba calvo, gordo y vestía un uniforme militar. Llevaba una bandana roja alrededor del cuello y tenía cadenas de hojas atadas alrededor de los codos.
“Todos vosotros sois espías”, dijo el comandante. “Voy a enseñaros cómo castigamos a los espías”. Señaló a Jean Paul. “Quítate la ropa y colócate como un musulmán”.
Jean Paul pensó que estaba de broma. Negó con la cabeza y dijo: “no puedo hacer eso”.
El comandante llamó a un rebelde. Jean Paul pudo ver que sólo tendría unos nueve años. Le dijo “golpea a este hombre y quítale la ropa”. El chico le atacó con la culata de su arma y, eventualmente, Jean Paul suplicó: “vale, vale, me quitaré la ropa”. Una vez desnudo, dos rebeldes lo sujetaron en una posición arrodillada, con su cabeza en contacto con la tierra.
Al llegar a este punto, Jean Paul se desmorona. Mientras los temblores de su labio se vuelven más pronunciados, baja un poco más la cabeza y dice: “lo siento por las cosas que voy a decir ahora”. El comandante puso la mano izquierda en la parte de atrás de su cráneo y usó la derecha para golpearle en la espalda, “como a un caballo”. Luego, canturreando una canción de doctor brujo, mientras todos los demás miraban, empezó. En ese mismo momento, Jean Paul vomitó.
Once rebeldes hicieron cola y violaron a Jean Paul por turnos. Cuando se sintió demasiado exhausto como para mantener la postura por sí mismo, el siguiente agresor pasó su brazo bajo la cadera de Jean Paul y lo levantó por el estómago. Sangró profusamente. “Mucha, mucha, mucha sangre”, dice. “Podía sentirla como si fuese agua”. Cada uno de los prisioneros masculinos fue violado once veces aquella noche y las noches que siguieron.
El noveno día, estaban buscando leña cuando Jean Paul avistó un árbol enorme cuyas raíces formaban una pequeña gruta sombría. Aprovechando el momento, se introdujo a rastras y contempló, temblando, como los guardias rebeldes lo buscaban. Después de pasarse cinco horas mirándose los pies, oyó cómo elaboraban un plan: dispararían una salva de disparos y luego contarían al comandante cómo habían matado a Jean Paul. Finalmente, salió de su escondite, debilitado por la experiencia y la dieta de solo dos plátanos al día durante su cautiverio. Vestido solo con su ropa interior, se arrastró a través del suelo “lentamente, lentamente, lentamente, como una serpiente” de vuelta a la ciudad.
“Las organizaciones que trabajan sobre la violencia sexual no hablan de ello”. Chris Dolan, director del Proyecto de Ley de Refugiados. Fotografía: Will Storr para The Observer.
Aún hoy, pese a su tratamiento hospitalario, Jean Paul todavía sangra al andar. Como a muchas otras víctimas, las heridas le suponen tener que restringir su dieta a alimentos blandos, como plátanos, que son caros, y Jean Paul solo puede permitirse maíz y mijo. Su hermano sigue preguntándole qué es lo que le pasa. “No quiero contárselo”, dice Jean Paul. “Temo que diga que su hermano ya no es un hombre”.
Esa es la razón por la que tanto perpetrador como víctima establecen una conspiración de silencio y por la que los supervivientes masculinos se encuentran con que, una vez se descubre su historia, pierden el apoyo y el consuelo de aquellos que les rodean. En las sociedades patriarcales que definen a muchos países en desarrollo, los roles de género están definidos de forma estricta.
“En África, a ningún hombre se le permite ser vulnerable”, dice Salome Atim, oficial de género del RLP. “Tienes que ser masculino, fuerte. Nunca debes desmoronarte o llorar. Un hombre debe ser un líder y mantener a toda su familia. Cuando fracasa a la hora de mantener ese estándar, la sociedad percibe que hay algo que falla”.
A veces, dice, mujeres que descubren que sus maridos han sido violados deciden abandonarlos. “Ellas me preguntan: ¿Ahora cómo voy a vivir con él? ¿De qué manera? ¿Sigue siendo un marido? ¿O es una mujer? Si a él lo pueden violar, ¿quién va a protegerme a mi? En una familia con la que he estado trabajando muy de cerca, el marido fue violado dos veces. Cuando su mujer se enteró, se fue a casa, empaquetó sus pertenencias, cogió a los niños y se marchó. Por supuesto, al hombre le partió el corazón”.
En el RLP me cuentan otras formas en las que han sufrido sus clientes. Algunos no han sido simplemente violados, se les ha obligado a penetrar agujeros en árboles bananeros llenos con savia ácida, a sentarse con los genitales encima del fuego, a arrastrar rocas amarradas a sus penes, a practicar sexo oral a filas de soldados, a ser penetrados con destornilladores y palos. A estas alturas, Atim ha visto a tantos supervivientes que, frecuentemente, puede distinguirlos en el mismo momento en que se sientan. “Tienden a reclinarse hacia adelante y suelen sentarse sobre una sola nalga”, me cuenta. “Cuando tosen, se agarran las partes. A veces, se levantan y hay sangre en la silla. Y a menudo desprenden cierto tipo de olor”.
Dado que se ha investigado tan poco sobre la violación de hombres durante las guerras, no es posible decir con certeza por qué sucede o cuán habitual resulta dicho fenómeno – aunque una rara encuesta de 2010, publicada en la Revista de la Asociación Médica Americana, mostró que el 22% de los hombres y el 30% de las mujeres en el Congo Oriental reconocían haber sufrido violencia sexual relacionada con el conflicto. En cuanto a Atim, ella dice que “nuestro personal se encuentra saturado por el número de casos que tenemos, pero en términos de números reales esto no es más que la punta del iceberg”.
Más tarde, hablo con la Dra. Angella Ntinda, que maneja referencias del RLP. Me cuenta que “ocho de cada diez pacientes del RLP hablan sobre algún tipo de abuso sexual”.
“¿Ocho de cada diez hombres?”, clarifico.
“No, hombres y mujeres”, dice.
“¿Qué hay de los hombres?”.
“Creo que todos”.
Me quedo atónito.
“Todos los hombres?”, pregunto.
“Si”, dice, “todos”.
La investigación de Lara Stemple en la Universidad de California no solo muestra que la violencia sexual masculina forma parte de la guerra en todo el mundo, sino que también sugiere que las organizaciones de ayuda internacional están ignorando a las víctimas masculinas. Su estudio cita un análisis de 4076 ONGs que han tratado sobre la violencia sexual en tiempos de guerra. Solo el 3% de ellas han mencionado el caso de los hombres en su literatura. “Típicamente”, dice Stemple, “como una referencia de pasada”.
“A un hombre se le dijo: tenemos un programa para mujeres vulnerables, pero no para hombres”. Un congoleño víctima de violación. Fotografía: Will Storr para The Observer.
En mi última noche llego a la casa de Chris Dolan. Estamos en una posición alta, sobre una colina, contemplando como desciende el sol sobre los barrios de Salama Road y Luwafu, con el Lago Victoria en la distancia. Mientras el aire pasa de azul a malva y luego a negro, parpadea una confusa galaxia de bombillas blancas, verdes y naranjas; un espectáculo puntillista derramado sobre valles y colinas lejana. Un alboroto magnífico surge de todo ello. Bebés llorando, niños jugando, cigarras, pollos, pájaros cantores, vacas, televisiones y, por encima de todo, la llamada a la oración de una mezquita distante.
Las averiguaciones de Stemple sobre el fracaso de las agencias de ayuda no sorprenden a Dolan. “Las organizaciones que trabajan sobre la violencia sexual y de género no hablan de ello”, dice. “Se silencia de forma sistemática. Si tienes mucha, pero que mucha suerte, harán una mención tangencial sobre ello al final de algún informe. Quizás consigas cinco segundos de 'oh, y los hombres también pueden ser víctimas de violencia sexual'. Pero no hay datos, ni discusión”.
Como parte de un intento para corregir esto, el RLP publicó un documental en 2010 titulado Género Contra Hombres. Cuando fue proyectado en pantalla, Dolan dice que hubo tentativas para pararlo. “¿Vinieron dichas tentativas por parte de gente de agencias de ayuda internacionales bien conocidas?”, pregunto.
“Sí”, responde. “Hay un cierto miedo entre ellos de que se trate de un juego de suma cero; de que ya hay un pastel predefinido y que si empiezas a hablar sobre los hombres, de alguna manera te vas a comer un pedazo de ese pastel que les ha llevado tanto tiempo cocinar”. Dolan señala a un informe de la ONU de Noviembre de 2006 que siguió a una conferencia internacional sobre violencia sexual en este área del África Oriental.
“Sé que es un hecho que la gente detrás del informe insistió en que la definición de violación se restringiese exclusivamente a las mujeres”, dice, añadiendo que uno de los donantes del RLP, la rama holandesa de Oxfam, se negó a proporcionar más fondos a menos que les garantizase que el 70% de sus clientes eran mujeres. Recuerda también a un hombre cuyo caso era “especialmente malo” y fue redirigido a la agencia para refugiados de la ONU, ACNUR. “Le dijeron: tenemos un programa para mujeres vulnerables, pero no para hombres”.
Me recuerda a una escena descrita por Eunice Owiny: “Esto es una pareja casada”, dice. “El hombre ha sido violado, la mujer ha sido violada. Revelarlo resulta fácil para la mujer. Ella consigue el tratamiento médico, la atención y es apoyada por multitud de organizaciones. Pero el hombre se muere por dentro”.
“En una palabra, eso es exactamente lo que sucede”, coincide Dolan. “Parte del activismo alrededor de los derechos de las mujeres es: 'probemos que las mujeres son tan buenas como los hombres'. Pero por otra parte también deberíamos considerar el hecho de que los hombres pueden ser débiles y vulnerables”.
Margot Wallstöm, la representante especial del secretario general para la violencia sexual en conflictos de la ONU, insiste en un comunicado que ACNUR extiende sus servicios a refugiados de ambos géneros. Pero también admite que el “gran estigma” al que se enfrentan los hombres sugiere que el verdadero número de supervivientes es mayor del que se informa. Wallstöm dice que el enfoque sigue centrado en las mujeres porque son “mayoritariamente” las víctimas. No obstante, añade, “conocemos muchos casos de hombres y niños que han sido violados”.
Pero cuando me pongo en contacto con Stemple por e-mail, ella me describe un “constante redoble de tambor sobre que las mujeres son las víctimas de violación” y un ambiente en el cual los hombres son tratados como una “clase monolítica de agresores”. “La ley de derechos humanos internacionales considera a todos los hombres como instrumentos diseñados para cometer violencia sexual”, continúa. “La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU, del año 2000, trata la violencia sexual en tiempo de guerra como algo que solo afecta a mujeres y niñas... la Secretaria de Estado Hillary Clinton anunción recientemente un esfuerzo de 44 millones de dólares para implementar esta resolución. Debido a su enfoque prácticamente exclusivo en víctimas femeninas, resulta improbable que ninguno de esos fondos alcance a los miles de hombres y niños que sufren de este tipo de abuso. Ignorar la violación masculina no sólo desatiende a los hombres, también daña a las mujeres al reforzar un punto de vista que equipara 'mujer' con 'víctima', dificultando así nuestra habilidad para percibir a las mujeres como fuertes y poderosas. De la misma forma, el silencio sobre las víctimas masculinas refuerza expectativas enfermizas sobre los hombres y su supuesta invulnerabilidad”.
Teniendo en cuenta las conclusiones de Dolan de que “la violación femenina es infranotificada de forma significativa, y la masculina casi nunca”, pregunto a Stemple si, a partir de su investigación, cree que podría ser un suceso hasta ahora inimaginado en todas las guerras. “Nadie lo sabe, pero creo que es seguro decir que ha sido probablemente parte de muchas guerras a lo largo de la historia y que el tabú ha jugado un papel clave en su silencio”.
Cuando abandono Uganda, hay un detalle de la historia que no puedo olvidar. Antes de recibir ayuda del RLP, un hombre visitó a su médico local. Le dijo que había sido violado cuatro veces, que estaba herido y deprimido y que su mujer había amenazado con abandonarlo. El médico le dio un paracetamol.
Los nombres de los supervivientes han sido cambiados y sus identidades ocultadas para su protección. El Proyecto de Ley de Refugiados [Refugee Law Project] es una organización asociada a Christian Aid (http://www.christianaid.org.uk/)
Bah Xoso como eres. Al fin y al cabo todo el mundo sabe que las violaciones masculinas son un invento del patriarcado (esa malvada y todopoderosa organizacion conspiranoica en la sombra) para desviar la atencion de las verdaderas victimas: las mujeres.
Empece a soñar con monstruos con la esperanza de algun algun dia poder llegar a soñar con heroes.